Introducción
En un pequeño pueblo de Costa Rica, rodeado de cafetales y montañas, existía una escuela marcada por tensiones cotidianas: burlas entre compañeros, exclusiones hacia quienes pensaban distinto y silencios que escondían desigualdades profundas. Allí llegó María, una joven docente convencida de que la paz no era simplemente la ausencia de conflictos, sino un proceso educativo que debía sembrarse en cada palabra y acción.
Inspirada en la idea de que la paz y la violencia son dos caras de la misma moneda (Fallas, 2012), María decidió iniciar un proyecto que transformara el aula en un espacio de convivencia, donde los valores de la empatía, el respeto, la solidaridad y la justicia fueran tan importantes como las matemáticas o la lectura. Su propuesta buscaba demostrar que la educación es un terreno fértil para sembrar paz y que cada estudiante podía convertirse en agente de cambio.
Desarrollo
El primer día, María pidió a sus estudiantes que compartieran una experiencia en la que hubieran sentido exclusión o violencia. Al principio hubo silencio, pero poco a poco surgieron relatos: un niño que no podía participar en juegos por su discapacidad, una niña que sufría burlas por su acento, otro que vivía en pobreza y era señalado por sus compañeros.
María escuchó con atención y les explicó que esas situaciones reflejaban lo que se conoce como violencia estructural, aquella que se manifiesta en desigualdades sociales y económicas invisibles pero persistentes (Tatar-Garnica & Vargas, 2021). Les dijo que la paz no podía construirse ignorando esas realidades, sino enfrentándolas con solidaridad y justicia.
Para iniciar el cambio, propuso sembrar un “árbol de la paz” en el patio escolar. Cada hoja representaría un valor: empatía, cooperación, respeto, justicia. Los estudiantes escribieron acciones concretas para practicar esos valores: “invitar a todos a jugar”, “escuchar sin burlarse”, “compartir lo que tengo”, “defender a quien es tratado injustamente”.
Con el tiempo, el árbol se convirtió en un símbolo vivo. Los estudiantes comenzaron a transformar sus relaciones: en lugar de insultos, aprendieron a dialogar; en lugar de excluir, empezaron a invitar a quienes estaban solos. La práctica cotidiana de la paz se volvió parte de la cultura escolar, mostrando que la educación puede ser un espacio de resistencia frente a la violencia y de creación de nuevas formas de convivencia (Cuervo, 2016).
María también introdujo debates sobre la paz positiva, explicando que no basta con evitar peleas, sino que es necesario construir condiciones de justicia y bienestar (Hernández, 2019). Los estudiantes comprendieron que la paz era un proceso activo, que requería cuestionar las dinámicas de poder y desigualdad presentes en su comunidad.
Un día, un conflicto fuerte estalló entre dos estudiantes. En lugar de castigarlos, María los invitó a sentarse bajo el árbol de la paz y dialogar. Allí, con la ayuda de sus compañeros, lograron expresar sus emociones, reconocer sus errores y comprometerse a cambiar. Ese momento se convirtió en un ejemplo de cómo la educación transformadora puede generar cambios personales y colectivos, sembrando paz en escenarios marcados por el conflicto (Tatar-Garnica & Vargas, 2021).
La experiencia del aula también trascendió hacia la comunidad. Los padres comenzaron a participar en actividades escolares, compartiendo historias de cooperación y solidaridad. El árbol de la paz se convirtió en un espacio de encuentro intergeneracional, donde se discutían problemas locales y se buscaban soluciones colectivas. Así, la escuela se transformó en un centro de cultura de paz, mostrando que la educación no solo forma individuos, sino que también fortalece comunidades enteras (Galtung, 1996).
Incluso los estudiantes más conflictivos comenzaron a cambiar. Uno de ellos, llamado Andrés, solía responder con violencia a cualquier provocación. Sin embargo, al participar en los círculos de diálogo, descubrió que podía expresar sus emociones sin recurrir a la agresión. “Nunca pensé que alguien me escucharía de verdad”, dijo un día bajo el árbol. Ese reconocimiento lo llevó a convertirse en uno de los líderes del proyecto, demostrando que la paz también implica procesos de transformación personal.
María reflexionaba cada noche sobre lo que ocurría en su aula. Recordaba las palabras de Fallas (2012), quien afirmaba que la paz debía ser entendida como un valor educativo que fomenta la convivencia y la prevención de la violencia. También pensaba en lo que planteaban Tatar-Garnica y Vargas (2021): que la universidad y la escuela son espacios privilegiados para formar ciudadanos capaces de enfrentar la violencia desde la ética y la cooperación.
Conclusión
El proyecto de María demostró que la paz no es un ideal abstracto, sino una práctica concreta que se construye en lo cotidiano. Los estudiantes aprendieron que sembrar paz significa cuestionar la indiferencia y la desigualdad, y que cada persona tiene un papel en esa transformación.
El árbol siguió creciendo en el patio, recordando a todos que la verdadera paz se cultiva con acciones pequeñas pero constantes. Así, aquella escuela rural se convirtió en un ejemplo de cómo la educación puede sembrar paz y transformar vidas, mostrando que la paz es un proceso educativo y social capaz de generar cambios personales y colectivos.
Este cuento refleja que, en el futuro contexto profesional de la docencia, los valores de empatía, respeto, solidaridad y justicia no son solo principios abstractos, sino herramientas prácticas para construir aulas inclusivas y comunidades más humanas. La paz, entendida como proceso educativo, se convierte en una responsabilidad ética que invita a cada docente a ser sembrador de esperanza y constructor de convivencia.